Entre el desarraigo y el desdén tras los sismos No se puede observar con pasividad las fotos y noticias de familias, ancianos e infantes durmiendo a la intemperie, luego de los eventos telúricos que han impactado directamente el área sur de Puerto Rico.  Son familias que ahora habitan la incertidumbre y la desprotección. La imagen de esos cuerpos tirados sobre catres en la calle evoca la figura del desarraigo.


Es una forma de estar expulsados, no solo de su hogar, sino, como plantea Saskia Sassen, de un orden social y económico que garantice la vida, la protección y la seguridad. Son vidas sobrantes sometidas al desdén de nuestros líderes ficcionales. No queda uno impávido ante las imágenes de escuelas derrumbadas que han estado poniendo en riesgo diario la vida de niños y niñas que asisten a planteles escolares que no cumplen con los códigos de construcción para terremotos. Más aun, si fuera cierto que la inspección estructural de los planteles escolares es una falacia entonces estaríamos ante un cuadro de total desprecio a la vida; al igual que lo fue el impedir que embarcaciones de países vecinos, con ayuda humanitaria, atracaran en nuestros muelles días después del huracán María.


A ese escenario del desarraigo se le añade el tener que escuchar cómo un alcalde comenta, de forma anecdótica, que sus alarmas de tsunamis se activaron con 30 minutos de atraso, ya que hubo que encenderlas manualmente porque estaban conectadas al ausente servicio de energía eléctrica. Durante una emergencia, treinta minutos es suficiente para una fatalidad. Más aún, recientemente nos enteramos de que 30 de las 90 alarmas de tsunamis están fuera de servicio.
De igual forma, sorprende el enterarse de que el gobierno no tiene ningún plan y que, en todo caso, el plan se trata de agarrar una mochila y sálvese quien pueda y como pueda. Al escuchar esas y muchas otras historias, uno se da cuenta que muchos de esos llamados líderes también han optado por desahuciar el pensamiento de sus vidas.


Estamos ante un escenario donde ese ser humano desarraigado es tratado, en palabras de Hannah Arendt, como un “ente superfluo”, un ser que ni siquiera tiene “derecho a tener derechos”.  Ese trato superfluo se traduce en esas imágenes de personas durmiendo en la calle, en el espanto de pensar en la posibilidad de que nuestros infantes no están seguros en un plantel escolar, en un gobierno que no tiene idea de qué hacer ante una emergencia, o en el trato de un mal llamado político que llega, con su cámara fotográfica y oficial de prensa, a abrazar a uno de esos desarraigados. 


Eso no es un trato humano, es un trato utilitario; el ser humano convertido en cosa que se usa para las relaciones públicas o para mendigar algún voto eleccionario. Esto, como apunta Arendt, es indicio del colapso del Estado y del gobierno. Cuando un gobierno no puede garantizar la vida y los derechos de sus ciudadanos, entonces nos encontramos ante el quiebre de la dimensión pública de nuestra vida social, ante la derrota de lo común y ante la desaparición de lo político.  Nos encontramos ante una forma gubernamental que, por décadas, sólo se piensa desde y hacia sus intereses privados. Estamos gobernados por partidos que perdieron la capacidad de lo político y andan multiplicando sus grupos internos a partir de sus intereses privados. De alguna forma, nos encontramos frente al fenómeno de la privatización de la dimensión pública de nuestra vida social que produce desarraigados, pero trabaja para arraigar a otros sectores. 


Se arraigan compañías a las que se les ofrecen millones de dólares para que tengan activos los generadores de energía que, precisamente, no funcionaron en este momento de emergencia. Se arraiga a empresas que reciben, según el informe de gasto tributario, 20 mil millones de dólares en exenciones contributivas por parte del desarraigado pueblo de Puerto Rico y no se quiere hacer un análisis de dicho gasto. Se arraiga a un 20% de la población que captura el 55% del total de la riqueza que produce nuestro país, mientras el 80% de los desarraigados vive del préstamo, la deuda, el rezo o con varios trabajos. ¿Acaso no recordamos aquella madre con 3 empleos que murió, de agotamiento y desgaste, en la avenida Piñero con sus hijos?  Esos últimos son los desarraigados, los que llevan una década trabajando por un poco más de 7 dólares la hora, los que no saben si tendrán pensión, un retiro justo, servicios de salud adecuados, educación o un empleo seguro. Son esos los desarraigados, los que llevamos soportando por años las injustas medidas de austeridad y los que vemos limitados los servicios gubernamentales.
El gobierno optó, hace décadas, por dejar de gobernar y gestar lo público. Esa elección le fue confirmada, ratificada y legitimada por el Congreso, consignándolo en la Ley Promesa. La pregunta para nosotros mismos es cuándo comenzamos a permitir esto y cuándorealizaremos el justo reclamo de restaurar la dimensión pública de nueva vida social, tan necesaria en estos días.


Menciona Heidegger que al desarraigo siempre lo acompaña la búsqueda de un lugar donde habitar. En ese sentido, en ese desarraigo, en ese sometimiento al desdén, a la indolencia, y al trato superfluo, se encuentra también la oportunidad de ese reclamo y de reconstruir el lugar de lo público que nos permita habitar lo común, la inclusión y el arraigo.


Ese lugar no está muy lejos, se encuentra, allí, en aquellas primeras semanas post-huracán María en donde nos gobernamos y gestionamos al margen del estupor gubernamental. Ese lugar se encuentra también, allí, en el verano del 2019 donde, al margen de años de coloniaje, este pueblo tuvo un atisbo del poder de una verdadera democracia. Ese lugar se encuentra también, allí, en las asambleas de pueblo, en las comunidades organizadas del área sur y en los cientos de seres anónimos que están ofreciendo ayuda y servicios a las comunidades afectadas, con mucha empatía y sin cámara fotográfica. Esos muchos lugares se podrían convertir en un solo lugar.



Entre el desarraigo y el desdÉn tras los sismos

Catedrático Auxiliar del Departamento de Ciencias

 Sociales de la Universidad de Puerto Rico

Recinto de  Humacao