Cuando surgió la consigna “black lives matter” (las vidas de las personas negras importan), no tardó mucho tiempo en que, a manera de subterfugio para ocultar su racismo o de oportunismo político, el supremacismo blanco comenzó a promover la consigna “white lives matter” (las vidas de los blancos importan) para pasar luego a promover la consigna “all lives matter” (todas las vidas importan) Porque, claro, ¿quién podría negar el hecho de que todas las vidas importan?


Sin embargo, la consigna “black lives matter”, activada en el contexto de la brutalidad policíaca contra los afroamericanos en Estados Unidos, se produjo como una respuesta a todo un régimen histórico de dominación racial que sigue arreciando en el planeta entero. Los apellidos que ponemos a la violencia (violencia sistémica, estructural, racial, étnica, comunitaria, interpersonal, familiar, de género, etc.) es una manera de producir distinciones y de promulgar políticas públicas que atiendan de maneras más atinadas la singularidad de esas distintas violencias. De lo contrario, la violencia se convertiría en un saco roto donde tiramos toda suerte de fenómenos, por lo demás diversos y distintos entre sí, sin posibilidad de que éstos puedan ser atendidos en su complejidad.


La ciencia avanza justamente distinguiendo, clasificando, produciendo categorías de análisis y de acción que nos permitan salir de los distintos atolladeros sociales y por eso hay que promover políticas públicas que atiendan de maneras diferenciadas las diversas modalidades de la violencia. El concepto violencia de género, por ejemplo, nos recuerda que, hubo un tiempo, no hace tanto tiempo atrás, y un tiempo que no ha terminado todavía, en el que las mujeres no eran sujetos legales, eran consideradas propiedad privada de los hombres y la legitimidad de su sometimiento a los hombres era un asunto incuestionable, debido a la prevalencia del sistema de dominación masculina.


Todo movimiento social (racial, sexual, de género, etc.) que denuncie o promueva lo que entiende es la verdad de la vida de dicho sector tiene su lugar en la democracia. El único discurso que no tiene lugar en la democracia es el un sector que reclama también una verdad absoluta y sin embargo le niega ese derecho a los demás. Esta es la definición de lo que es el fundamentalismo como posicionamiento religioso y/o político. Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Hay modalidades de la violencia que afectan por igual a hombres y a mujeres, pero hay violencias que no tienen otro referente que no sea los remanentes de un sistema de dominación que pretende seguir perpetuándose. Esto lo sabemos las mujeres de todos los tiempos. Si se producen tantos anuncios televisivos, vídeos y consignas que comunican a las niñas que ellas pueden soñar y vivir sin límites ni sujeciones es porque, muy profundamente, sabemos que no necesariamente es así. Una sociedad democrática es aquella que es capaz de autocorregirse, de corregir sus propios errores. Una humanidad inclusiva es un proyecto colectivo en el participamos todos, pero ese proyecto no sería posible si no atendiéramos, de maneras diferenciadas, las formas en que esa misma humanidad le ha sido negada a muchos sectores.

La importancia de los apellidos de la violencia

Departamento de Sociología y Antropología
​ Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras