Facultad de Estudios Generales, Ciencias Sociales

Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras

Aportación de la Dra. María I. Quiñones

La serie de reportajes en torno al asesinato de Angélica Sierra por Omar Pérez, configura una narrativa donde el valor más martillado es un “nosotros” fundamentado en los valores cristianos y de familia. En la colectividad esencializada, las primeras víctimas son los otros interiores, en este caso la mujer que decide separarse de su esposo. La expresión en boca de la madre de Angélica, “es obra de Satanás”, le resta responsabilidad al victimario, quien también la emprendió a disparos contra sus dos hijas y luego se suicidó. En los comentarios de los vecinos, el verdugo se representa como un buen muchacho, servicial y trabajador. No obstante, el padre de Angélica reconoce que Omar no quería que ella trabajara. La mujer siguió trabajando, rompió con la relación y “por pena” lo dejó seguir viviendo bajo el mismo techo. En la transmisión en vivo del entierro, la reportera resalta el gesto de solidaridad de vecinos y amigos que exhiben una camiseta con una foto de ambos juntos, a pesar de la “trágica decisión” de Omar Pérez. Por otro lado, la ausencia de progreso en la investigación es cuestionada por un vecino porque “en este barrio todo el mundo se conoce y todo se sabe”. El informante anónimo también indica que “Omar buscaba una pistola desde hacía días”. La lealtad territorial, representada por la figura de la comunidad, es defendida por encima de todo, inclusive la vida de las dos niñas. La ambigüedad de Angélica con respecto al repertorio de gestos y títulos que alimentan la virilidad puertorriqueña, le costó su vida.

Obra de Satanás